Hay muchos trenes falsos. Es fácil confundirlos con los trenes auténticos. Casi todos los llaman también trenes: los revisores los ferroviarios los carteristas los viajeros casi sin excepción y hasta yo mismo cuando no quiero dar muchas explicaciones.
Trenes sólo son los que parten de noche. Trenes sólo son los que llevan a ti.
La gente desaparece cuando muere. La voz, la risa, el calor de su aliento, la carne y finalmente los huesos.
Todo recuerdo vivo de ella termina. Es algo terrible y natural al mismo tiempo.
Sin embargo, hay individuos que se salvan de esa aniquilación, pues siguen existiendo en los libros que escribieron. Podemos volver a descubrirlos. Su humor, el tono de su voz, su estado de ánimo. A través de la palabra escrita pueden enojarte o alegrarte. Pueden consolarte, pueden desconcertarte, pueden cambiarte. Y todo eso a pesar de estar muertos. Como moscas en ámbar, como cadáveres congelados en el hielo, eso que según las leyes de la naturaleza debería desaparecer se conserva por el milagro de la tinta sobre el papel.
¿Qué sucede si se amanceban folk indie, punk, country, pop, surf, dub, ska, doom, etno balcánico, vals de feria, swing, jazz, hardcore... en un mismo disco?
Y si, además, por encima del ingenio, del estilo, de lo insólito está la sensiblidad?
La borró de la fotografía de su vida no porque no la hubiese amado, sino, precisamente, porque la quiso. La borró junto con el amor que sintió por ella. La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad, el futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro sólo para poder cambiar el pasado. Luchan por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se reescriben las biografías y la historia.